Hay crisis de paternidad porque hay crisis del varón.
La mayoria de varones adultos de nuestra generación millenial han crecido sin la presencia simbólica de un padre. Incluso los que crecimos muy de cerca del papa biológico aun podemos tener ciertos vacíos de masculinidad. Y me refiero a que la cultura modernista causa que el varón ahora sea un varón suave.
Por ejemplo, a los papás (el varón) se le etiqueta de “buen papá” si llegan a tener las mismas actitudes que la mamá; delicado, altamente proteccionista, averso al riesgo — domesticado.
Hay actividades que sólo un varón sabe estimular de forma genuina en un hijo/a: un campamento con pocas seguridades, ayudarle a a sobre llevar el fracaso en los deportes, ser agresivo pero sin violencia, a buscar la aventura, a no desconfiar de lo bueno, a pelear por la belleza.
¿Hay que cambiar pañales? Por su puesto. Hay que meterse en las rutinas domésticas y perfeccionarlas; pero eso es secundario. Hay que ir mas allá. Hay que dominar la vida ordinaria para poder introducirlos a la vida extra-ordinaria.
Esa es la escencia que nos hace falta a las familias. Hay muchísima hambre de padre. Y estas cosas hay que hablarlas y ventilarlas porque el mundo en que vivimos (y en el que van a vivir ellos) es progresivamente una especie de selva llena de creaturas envenenadas con cualquier tipo de confusión y de fácil contagio.
Miremos que tiene Maria Calvo en sus analisis:
“Por primera vez en la historia de la Humanidad, en los países desarrollados, mientras las mujeres, tras siglos de lucha, están logrando situarse en el lugar que legítimamente les correspondía conforme a su dignidad y derechos, los hombres parecen estar desubicados. Los cambios inducidos por el feminismo radical han dejado tras sí un paisaje social irreconocible, propiciando modificaciones que generan cierta confusión, como el rol del hombre en la sociedad actual. Estudios, estadísticas e informes avalan que los varones se han convertido en el nuevo «sexo débil». Aunque vivamos aún en una sociedad dominada en gran medida por los hombres, las transformaciones en el mundo infantil son ostensibles, y no siempre para bien. Los varones sufren una grave crisis de identidad desde que comienzan a tener conciencia de sí mismos. Las pautas de comportamiento, exigencias, preferencias y habilidades femeninas son consideradas prioritarias e ideales para un entorno escolar que presume las manifestaciones de masculinidad como nocivas para el correcto desarrollo personal. El estilo femenino de actuación se ha impuesto hasta tal punto que se ha producido un visible retroceso en los niños, en los jóvenes varones. Sus intereses no son valorados y las tendencias de su comportamiento innato no son toleradas. No se comprenden, y por lo tanto no se respetan, su introspección, sus actitudes en apariencia desafiantes, la asunción y pasión por el riesgo, su impulsividad? Se fomenta, de forma consciente o no, su feminización. En este ambiente social y educativo crece toda una generación de individuos carentes de la también favorable dimensión masculina. Niños incomprendidos que engrosan las estadísticas de fracaso escolar, con problemas de conducta, depresiones, consumo de drogas en los casos más extremos, hiperactividad, etc. El presente libro de María Calvo pone sobre la mesa una realidad candente pero ignorada hasta la fecha, explicando las causas que han llevado a la misma y aportando soluciones que nos interesan y conciernen a todos, en el necesario y sano afán de construir una sociedad mejor, más integrada, equilibrada y plena.
El padre es el que se da cuenta de que si en su familia no se están tomando riesgos, se están cultivando. Por lo tanto decide meterse en un lio y busca adoptar al hijo (o hija) para llevarlo a un nuevo nivel existencial. Mas que pagarle todo, el padre lo que da es el nombre; la identidad. Es el primero en provocarle la pregunta ¿quien soy? ¿que significa mi nombre? ¿puedo ser alguien? Por eso este varón está dispuesto a perderlo todo con tal de que esa niño cada dia se haga un futuro adulto. Un varón encuentra gozo en entregarse completamente. Por eso en una eyaculación promedio entrega casi 20 millones de espermas ¿Para qué tanta semilla si con una o dos basta? Ese es el don del varón: sembrar abundancia, saber mucho, ir a buscar otro horizonte para conseguir aun mas.
Y cuando ese varón renuncia a meterse en ese lio, las consecuencias no desaparecen. Solo cambia quien asume las perdidas. Es el hijo (o hija) quien se queda con esas preguntas que no se atreve a enfrentar — le causan psicosis y, buscando la paz interna, toma atajos sensibles como las drogas o se derrocha en apegos desordenados. Inconscientemente, sigue buscando a ese papá. Es tan valioso el papel del varón como padre que es mucho menos peor ser un mal papá que ser un ausente en el desarrollo de los hijos.