Pacem in Terris | Juan XXIII | Abril 1963

La paz exige que el mundo se organice sobre el orden querido por Dios e impreso en lo más íntimo del ser humano (1-7).

I. Relaciones entre las personas (8-45):

1. La persona, sujeto de derechos y deberes, es el fundamento de la convivencia (8-10).

2. Derechos humanos: su enumeración con referencia a declaraciones anteriores del Magisterio (11-27).

3. Reciprocidad de derechos y deberes; otros deberes: respetar los derechos, colaborar al bien común, actuar responsablemente (28-34).

4. Convivencia civil: fundada en la verdad, la justicia, el amor, la libertad; en el orden moral establecido por Dios (35-38).

5. Características de la sociedad moderna (que subrayan la igualdad): elevación de las clases trabajadoras, acceso de la mujer a la vida pública, emancipación de los pueblos (39-45).

II. Relaciones entre los ciudadanos y el poder político (46-79):

1. La autoridad: su necesidad; subordinación al orden moral; la elección de los gobernantes (46-52).

2. El bien común: sus elementos intrínsecos; obligaciones del gobernante respecto al bien común (53-66).

3. Exigencias éticas de la estructura política: división de poderes y acceso del ciudadano a la vida pública (democracia) (67-74).

4. Exigencias de la época: declaración de derechos a nivel estatal, organización del Estado a través de una constitución, relaciones autoridad-ciudadano (75-79).

III. Relaciones entre los Estados (80-129):

1. Primacía del orden moral: debe regir las relaciones internacionales, de forma paralela a como debe regir las relaciones entre las personas (80-85).

2. Relaciones basadas en la verdad: igualdad entre las comunidades políticas; veracidad en la información (86-90).

3. Relaciones basadas en la justicia: respeto a los derechos, especial atención a las minorías (91-97). 4. Relaciones basadas en la solidaridad: colaboración e intercambios; especial atención a los exilados políticos y a la carrera armamentista; la tarea de construir la paz (98-119).

5. Relaciones basadas en la libertad: respeto a la independencia; ayuda al subdesarrollo (120-125).

6. Esperanzas actuales: negociar, la guerra es inútil para la resolución de los conflictos (126-129).

IV. La comunidad internacional (130-145):

1. Los hechos: creciente interdependencia; insuficiencia del Estado para lograr el bien común universal (130-135).

2. Necesidad de una autoridad mundial: su objeto, el bien común universal; su condición, subsidiariedad (136-141).

3. La Organización de las Naciones Unidas: la Declaración Universal y las objeciones que ha suscitado (142-145).

V. Directrices pastorales para los creyentes (146-162):

1. Necesidad de participación de los católicos en la vida pública: competencia profesional y coherencia fe-vida (146-156).

2. Cooperación con los no católicos: distinguir el error y quien lo profesa; distinguir las ideologías y los movimientos históricos (157-162).

VI. Conclusión (163-172).

*** *** Releyendo la “Pacem in terris”

a los cuarenta años de su publicación El 11 de abril de 1963, Domingo de Resurrección, fue publicada la encíclica sobre la paz de Juan XXIII (“Pacem in terris”). Dos meses más tarde moría el Papa, como consecuencia de un tumor que le había sido diagnosticado unos meses antes, todavía en plena primera sesión del Concilio.

Cuando murió Juan XXIII se había celebrado ya la primera sesión del Vaticano II, la gran obra de este papa, que algunos consideraron “un papa de transición”. ¡Menuda transición! La Iglesia sería otra cosa hoy si no hubiera habido concilio, aunque sigamos todavía sin sacar todas las consecuencias de aquel acontecimiento e incluso no falten quienes buscan reducirlo a un hecho de menor importancia (algunos llegan todavía hoy a deplorar su celebración…).

Pero no es este el momento de hablar del concilio Vaticano II. Basta recordarlo como el momento en que la Iglesia afronta con todo realismo el giro que suponía la modernidad y las consecuencias que de ahí se seguían para que ella se resituase en esta nueva sociedad. El tránsito de la sociedad antigua” a la moderna, que tan lentamente se fue consolidando a lo largo de siglos, encontraba ahora el adecuado tratamiento por parte de la Iglesia oficial, que hasta ahora se había movido desde actitudes más bien defensivas. Y esto se abordó a pesar de la nostalgia hacia el mundo antiguo y el lugar que la Iglesia ocupaba en él, una realidad todavía muy presente en no pocos ambientes eclesiales.

El pontificado de Juan XXIII, tan breve como trascendental, encaja perfectamente en este momento eclesial: no sólo es un fiel reflejo de las inquietudes que alentaban en muchos, sino que estimuló avances hasta entonces impensables. Y en ese pontificado fue un hecho decisivo la publicación de la encíclica sobre la paz, para muchos como el testamento de Juan XXIII. Recordemos brevemente lo más esencial de su contenido para aportar después algunos datos sobre su actualidad.

Una encíclica dirigida a todos los hombres de buena voluntad Juan XXIII hizo de sus cinco años al frente de la Iglesia una ocasión permanente para el encuentro y el diálogo con el mundo moderno. No era superfluo este talante papal porque la sociedad de mediados del siglo XX percibía a la Iglesia demasiado alejada del hombre moderno. Un signo de este acercamiento, que puede parecer banal, es el hecho de que la “Pacem in terris” estuviera dirigida, no sólo -como era costumbre- a los obispos y a los fieles en general, sino además “a todos los hombres de buena voluntad”

Presentía el papa que el contenido de la encíclica podía ser asumido por cualquier persona inquieta por la paz del mundo. La preocupación por la paz del mundo en aquel momento se enmarca en una doble coordenada. Por una parte, todavía está muy viva la reciente experiencia de las dos guerras mundiales; la última de ellas ha mostrado hasta dónde puede llegar el afán humano de dominio. Por otra parte, con este recuerdo aún fresco, empiezan a dibujarse ya nubarrones en el horizonte como consecuencia de la tensión entre las dos grandes potencias y de la recién iniciada carrera armamentista.

Por eso el mensaje central de la encíclica es: la paz entre los pueblos y en cada pueblo no puede tener otro fundamento que el respeto a la dignidad del ser humano, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y esto se concreta en el reconocimiento y el respeto de los derechos humanos. A partir de ese presupuesto, el papa va estudiando, en las cuatro primeras partes de la encíclica, cómo deben ser las relaciones entre las personas, entre los ciudadanos y sus gobernantes (el orden político nacional), entre los distintos gobiernos y en la comunidad internacional (el orden político mundial). Termina, en la parte quinta, con unas reflexiones sobre el papel de los cristianos en la construcción y el mantenimiento de la paz.

Diego J.- check my blog at joachin.wordpress.com

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